sábado, 23 de abril de 2011

VIRGEN MARÍA: La soledad de María

Queridos amigos y hermanos del blog: Sábado Santo, Jesucristo ha muerto. María Santísima está sola. La han acompañado un rato. La han mirado con lástima. Todo ha terminado y estalla en su corazón de Madre la soledad. La soledad y sus recuerdos.

El recuerdo de la profecía, de las palabras del ángel mensajero del portento, de los reyes de la mirra, el oro y el incienso. La manecita contra el pecho, las arenas del largo río de Egipto, la vuelta a las casas, los pasos vacilantes del niño, sus primeras palabras, el fuerte brazo de San José, el olor a madera y aserrín de la carpintería...

José fue el primero en irse. La casa de Nazaret lloró la ausencia de su voz grave y masculina. Y María quedó sola con su Hijo. Sin el apoyo del compañero, del amigo, del esposo... con la serena conciencia de la misión tremenda que ella, humilde aldeana del caserío de Nazaret, desempeñaba. ¡Una de los tantos misterios de Dios! Cuando más era necesario el padre... Dios se lo ha llevado. Pero María debía aprender, en la dura escuela del dolor, que los caminos de Dios transitan la oscura senda del misterio. “ ¡Mis caminos no son vuestros caminos; mis planes no son los vuestros!” (Is 55,8).

También Jesús se fue, un día, por las huellas polvorientas de Judea. María lo sabía desde el principio. Por eso la despedida fue breve, y sus ojos supieron sostener la mirada... Pero el corazón sangró por mucho tiempo. La casa pareció más grande. Y llegaban las noticias: que su Hijo enseñaba; que su Hijo curaba... Y, un día, un peregrino agitado que le dio la nueva temida y esperada. Una noche de angustia. El camino apresurado a Jerusalén.

También ella fue crucificada; en las manitas horadadas de su niño; en su cuerpo sin pañales azotado; en los primeros pasos vacilantes de la vía dolorosa sin la ayuda de la madre; en la cuna horrenda del madero de esos hombres malos... Ahora todo ha terminado. Y el recuerdo de esas horas terribles hace más pesado el silencio. María está sola. En sus oídos de madre aún resuena el grito angustioso de su Hijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Sus labios de madre repiten mudos: “¿por qué me has abandonado?”

¡Quién pudiera sondear el misterio del alma de María! Porque, cualquiera puede imaginar su dolor de madre ante la muerte espantosa del hijo. Cuántas madres habrá que lloran la ausencia de un hijo; la separación de la distancia o de la muerte; o la ingratitud; el dolor del hijo enfermo; o del hijo en malos pasos; del hijo con problemas... Pero, nadie puede imaginar el dolor de la Madre de un hombre que también es Dios. Nadie puede imaginar el dolor de una madre que, porque es Madre de Dios, es más madre de cada uno de nosotros que nuestra propia madre. Porque, el alma de María fue preparada por la gracia para que fuera capaz de llevar en sí todos los dolores de todas las madres.

Que no nos engañe la humildad y pequeñez de la figura de María. Porque aquello que realmente importa en la vida de los hombres es la densidad de sus espíritus, la profundidad de su mirada interior, el sentido de la vida, la conciencia de Dios, la ternura del corazón. Detrás de sus hábitos de aldeana, de su figura desapercibida, detrás de su silencio y del trabajo humilde de mujer de casa, María llevaba en sí la más admirable de las obras del Todopoderoso: su alma plena de Gracia. 

Y, en la ternura infinita de su corazón de niña, sublimado por el Espíritu, palpitaron -una a una- todas nuestras lágrimas... Por ello, la soledad de María tiene algo de brutal y de tremendo. Porque en sus carnes, más sensibles que las nuestras -¡ella es sin pecado!-, en su pecho más tierno, en su alma límpida, trabajada por Dios desde la eternidad como su obra más perfecta, se vaciaron todas las soledades; se expandieron todos los abandonos; se volcaron todos los desamparos...

Dios le hizo un corazón enorme, porque con él debía amar al Verbo. Y, si goza en el Cielo de una gloria incomparable, y si su santidad excede al ejército todo de los ángeles, es porque sufrió en la tierra más que nadie, y porque bebió el cáliz de la amargura de todos los hombres.

Si el mismo Verbo trepidó de angustia en el grito del supremo abandono; si la Segunda Persona de la Santa Trinidad tembló en los labios que gimieron “por qué me has abandonado?” ¡Cómo habrán de haber surgido del alma creada de María, humana como nosotros, las olas de la angustia más profunda, más negra que el color abismal de los infiernos!

Porque María no ve: cree. Con una fe similar a la nuestra. Con el mismo estrujar de las entrañas que hace gemir a cualquier madre ante la muerte de sus hijos. Tiene fe. La fe más sólida. La fe más pura. La fe más fuerte. Pero, porque es la fe más pura, está vacía de luz y de consuelo. Es la fe de la noche del espíritu, de la que hablan los místicos: la fe fría, sin sentimientos; la fe del que, en el terrible silencio de la soledad más absoluta, afirma una Presencia; afirma, sin sentir, que cree en el Padre.

Cristo y María han agotado hasta lo último todas las experiencias del sufrir humano. No hay un solo dolor que el hombre padezca que ellos no hayan padecido. En sus almas, agrandadas por una calidad humana excepcional y por la gracia, se resolvieron todos los pesares de los hijos de Adán. Cada uno conoce bien cuál es su dolor, lo que le falta. Todo faltó a Cristo. Todo faltó a María. La cruz fue para los dos el resumen, el colmo de todas las carencias. Ni riquezas, ni ropa, ni agua, ni comida. No tuvieron en la cruz ni una sola cosa de las que ofrece el mundo: sólo hiel y vinagre, lanza y clavos. En su desgarrada soledad, María sigue crucificada. Sigue pronunciando, libre y serena, el “cúmplase” de su total despojo.

María, siempre silente, sigue señalando a su Hijo muerto, prisionero y sometido, en las manos de un pequeño déspota romano, del populacho hebreo, de los jefes indignos de su pueblo; sin poder moverse, sin libertad siquiera de espantarse las moscas; y que pendió, fijo, del hierro y del madero.

Pero, ¿qué le importa al mundo la soledad de María?, ¿qué le importa del Dios Jesús, que yace en el sepulcro? ¿qué me importa a mí?, ¿qué me interesa?. ¡Fuera Cruz! ¡No nos molestes con tu presencia! No nos aburras, María, con tu soledad. Olvidémonos... huyamos de la cruz y de la soledad... Pero, cuando la huída se hace más vertiginosa, cuando parece que hemos dejado el calvario para siempre, cuando todo son risas y frotarse las manos... la cruz aparece más negra y espantosa que nunca, desnuda, sin Cristo, sin María, sin fe...

Cristianos: la Iglesia no quiere engañarnos. No puede predicar otra cosa que la cruz. La Iglesia nació en una Cruz. Y todo cristiano debe llevar la suya. Y, si en la tristeza de los atardeceres sin luz, su peso se nos hace insoportable,... pensemos en María. María la llevó mil veces. Y María estaba sola. Pero, su soledad resuena con su “cúmplase”. Y su fe la sostiene en la crueldad del desamparo. No es soledad desesperada. Es la soledad fuerte de la que supo permanecer de pie, junto a la Cruz.

Cuando te asalte la soledad; cuando pienses que nadie te quiere; cuando a tu sufrir parezcan ridículas las palabras de consuelo; cuando el apretón de manos no te diga nada; cuando el dolor te golpee con su absurdo; cuando no entiendas nada y corras el riesgo de enloquecer y desesperar; cuando creas que Dios te ha abandonado y sientas la tentación de la blasfemia y de la rebeldía... piensa en María, tu Madre, Nuestra Señora de la Soledad.

Con mi bendición.
Padre José Medina

10 comentarios:

  1. Liliana Salinas de Cálígole ha escrito desde Facebook: "Que hermoso y verdadero lo que ha escrito Padre Antonio. Nosotros las madres que hemos pasado por el dolor de la pérdida de un hijo sabemos el dolor que eso supone, Me imagino lo inmenso del dolor de Nuestra Madre, al ver a su Hijo no sólo golpeado y humillado, si no colgado en una Cruz muerto ofreciéndose por nuestra salvación. María Madre que tu soledad nos enseñe a valorar el dolor de tu Bendito Hijo y el Tuyo. Madre de todos los hombres enséñanos a decir Amen!!!"

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  2. Sebastian Arrieta ha escrito desde Facebook: "Hermosa reflexión padre, gracias por instruirnos siempre!!!"

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  3. Ofelia Sidoti ha escrito desde Facebook: "Padre es hermosa la reflexion de la Soledad de MARIA cuanto bien nos hace este raflexionar y tener en cuenta sus dolores como meditacion para nuestra vida diaria. Bendiciones Felices Pascuas de Resurreccion. ofe,ocds."

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  4. Néstor Daniel Veiga Gómez ha escrito desde Facebook: "Gracias por hacerme pensar Padre José Antonio. Gracias por acercarme un poco más al dolor de la Cruz."

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  5. hola. me gustaria saber qué virgen es la que esta en la primer foto.. qué advocación.. me impresiona la foto..

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    1. Nuestra Señora del Mayor Dolor y Consuelo de Bailén.

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  6. Muchísimas gracias, padre, por sus palabras, preciosas reflexiones. Mi soledad es tan inmensa, me he sentido tan abandonada, he querido morir tan a menudo,he pedido tantas veces ayuda sin recibirla, he deseado tanto q.la Virgen me llevara con Ella de una vez para siempre, pero después de haber leído sus palabras, he notado un gran alivio. Se q.María, madre buena, nunca me abandonará.Muchas gracias, padre Medina y muchos saludos desde Saarbrücken (Alemania).marta

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  7. Grande su comentario Padre José, los dolores míos son pequeños a lo que nuestra Madre Virgen María pasó junto a Jesús en la cruz.

    Madre dame esa fuerza para sobrellevar los míos, Amén

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  8. EN ESTE DÍA DE VIERNES SANTO,Y EN ESTE MOMENTO QUE PENSAMOS Y QUEREMOS PENETRAR EN LA" SOLEDAD DE ESA MADRE "¡¡LA VIGEN MARÍA...!! ¡ BIEN HACE ESTE SACERDOTE PADRE JOSÉ; EN DESCRIBIRNOS CON DETALLES EL DOLOR Y SOLEDAD DE ELLA!!... PRIMERO PARA ACOMPAÑARLA CON GRAN AMOR..! Y LUEGO PARA SABER Y APRENDER A LLEVAR LOS SUFRIMIENTOS EN NUETRA VIDA
    QUE LA VIRGEN NOS AYUDE A EJEMPLO DE ELLA... LLEVAR TODO DOLOR"! QUE SE NOS PRESENTA EN LA VIDA"!

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