domingo, 20 de agosto de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”

   
20º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella los alcanzó y se postró ante Él, y le pidió de rodillas: «Señor, socórreme». Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.


“¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben” (Sal 66, 4).

Desde antiguo, eligiendo Dios a Israel para pueblo suyo, le asignó un puesto privilegiado en la historia de la salvación; a él serían reservadas las primicias de los dones salvíficos. Pero madurando los tiempos la salvación se extendería a todos los pueblos sin discriminación alguna por medio de Israel, pueblo sacerdotal. Este plan, anunciado por los profetas, es recordado hoy en la primera lectura (Is 56, 1, 6-7). Por boca de Isaías Dios asegura su benevolencia a cualquier extranjero que crea en él y lo sirva cumpliendo su ley: “los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración… Mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos” (ib 7). La elección de Israel no significa, pues, rechazo de los otros pueblos, pues está ordenada a la salvación de ellos.

San Pablo en la lectura segunda (Rom 11, 13-15. 29-32) profundiza este argumento. Contristado por la resistencia de sus connacionales al Evangelio de Cristo, el Apóstol no renuncia a buscar todos los caminos para conducirlos a la fe; y dedicándose con celo a la conversión de los gentiles, lo hace con la esperanza secreta de despertar “emulación en los de mi raza” y salvar “a alguno de ellos” (ib 14). Dios no se arrepiente de sus dones: las promesas hechas a Israel y su vocación “son irrevocables” (ib 29). Si él se arrepiente, Dios está pronto a perdonarlo. Pues como los paganos, desobedientes un tiempo a Dios, son ahora acogidos por su misericordia, así los judíos que rehúsan a Cristo desobedeciendo a Dios, cuando tornen a él, serán nuevamente objeto de las divinas misericordias.

Más aún -explica san Pablo-, como el que Israel rehusase ha sido causa de que el Evangelio se haya predicado a los gentiles, encontrando éstos misericordia, así la conversión de éstos será un día ocasión para el pueblo elegido de entrar en sí. Pues Dios, “para tener misericordia de todos” (ib 32), ordena todo para el bien, o sea su llamado universal a la salvación. Si el pecado es siempre causa de ruina para quien se obstina en él, no puede con todo destruir el plan de salvación universal querido por Dios.

En el Evangelio (Mt 15, 21-28) corrobora con su conducta para con la cananea el orden misterioso de este plan divino. “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”, grita la mujer implorando gracia para su hija atormentada por el demonio (ib 22). El hecho de que esta pagana se dirija a Jesús llamándolo “hijo de David”, título mesiánico que ni los judíos le reconocían, no carece de significado; demuestra que Dios no niega su luz a ningún pueblo ni a ninguna clase. Los discípulos aparecen molestos por la insistencia de la extranjera y ni el mismo Jesús parece darles ánimos: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (ib 24). En efecto, por voluntad del Padre debe desarrollar su actividad dentro de los confines de Palestina; sólo cuando haya reunido a las ovejas errantes de Israel y haya formado una grey compacta, éste a su vez será enviado a llevar el Evangelio a todas las gentes; pero eso sucederá después de su ascensión.

Entretanto, la mujer continúa suplicando, y Jesús responde adrede duramente: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos” (ib 26). Pero ella no se desanima, antes le toma la palabra y replica: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. El Señor se rinde y deja desbordar su misericordia contenida hasta entonces: “Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas” (ib 27-28). Para obtener la misericordia de Dios no vale la pertenencia a un pueblo o a una clase privilegiada; lo que vale es la fe.


“El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe” (Salmo 66).


“Señor, abriste los ojos de nuestro corazón, para conocerte a ti, el solo Altísimo en las alturas, el Santo que reposa entre los santos. A ti, que abates la altivez de los soberbios, deshaces los pensamientos de las naciones, levantas a los humildes y derribas a los que se exaltan. Tú enriqueces y tú empobreces. Tú matas y tú das vida. Tú sólo eres bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne. Tú miras a los abismos y observas las obras de los hombres; ayudador de los que peligran, salvador de los que desesperan, criador y vigilante de todo espíritu. Tú multiplicas las naciones sobre la tierra y de entre todas escogiste a los que te aman, por Jesucristo, tu siervo amado, por el que no enseñaste, santificaste y honraste.

Te rogamos, Señor seas nuestra ayuda y protección. Salva a los atribulados, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, muéstrate a los necesitados, cura a los enfermos, vuelve a los extraviados de tu pueblo, alimenta a los hambrientos, redime a los cautivos, da salud a los débiles, consuela a los pusilánimes; conozca todas las naciones que tú eres el solo Dios, y Jesucristo tu siervo, y nosotros tu pueblo y ovejas de tu rebaño” (San Clemente Romano, Papa, Comentario a 1 Corintios, 59, 3, 4).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 20º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


“Curación de la hija de una cananea” (Mt. 15, 21-28)





sábado, 19 de agosto de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Iglesia e inmigrantes





TRIGÉSIMO PROGRAMA DEL CICLO




“El fenómeno de la migración es tan antiguo como el hombre; quizá deba verse en él un signo donde se vislumbra que nuestra vida en este mundo es un camino hacia la morada eterna. Nuestros padres en la fe reconocieron “que eran extranjeros y peregrinos en la tierra” (Hb 11, 3).

El Señor Jesús quiso también asumir, con su Madre y San José, esa condición de emigrante, ya al principio de su camino en este mundo. Poco después de su nacimiento en Belén, se vieron obligados a emprender la vía del exilio.

En lo improvisado de la huida, la travesía del desierto con precarios medios, y el encuentro con una cultura distinta, ponen de relieve suficientemente hasta qué punto Jesús ha querido compartir esta realidad de la emigración.”

 (San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 9 de abril de 1987, en el Aeropuerto de Paraná, Entre Ríos).


viernes, 18 de agosto de 2017

ACTUALIDAD: Francisco condenó la violencia ciega e inhumana en Barcelona

Ciudad del Vaticano (AICA): El papa Francisco condenó la acción ¨inhumana¨ del atentado del 17 de agosto en Barcelona, en el que murieron al menos 13 personas y otras más de 80 resultaron heridas, en un telegrama enviado al arzobispo local, cardenal Juan José Omella y Omella. ¨El Santo Padre condena una vez más la violencia ciega, que es una ofensa al Creador, y eleva su oración al Altísimo para que nos ayude a seguir trabajando con determinación por la paz y la concordia en el mundo¨.

"Ante la noticia del cruel atentado terrorista que ha sembrado de muerte y dolor la rambla de Barcelona, el papa Francisco desea expresar su más profundo pesar por las víctimas que han perdido la vida en una acción tan inhumana", transmitió el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin, en un telegrama enviado al arzobispo local, cardenal Juan José Omella y Omella.

El purpurado sostuvo que "en estos momentos de tristeza y dolor”, el pontífice quiere hacer llegar también su apoyo y cercanía a los numerosos heridos, a sus familias y a toda la sociedad catalana y española".

"El Santo Padre condena una vez más la violencia ciega, que es una ofensa al Creador, y eleva su oración al Altísimo para que nos ayude a seguir trabajando con determinación por la paz y la concordia en el mundo", agregó.

Palabras del vocero

Ayer el director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, manifestó que el Papa observa con "gran preocupación lo que está sucediendo en Barcelona".

Francisco "reza por las víctimas de este atentado y desea expresar su cercanía a todo el pueblo español, en particular a los heridos y a las familias de las víctimas", subrayó el vocero vaticano.


jueves, 17 de agosto de 2017

PAPA FRANCISCO: “María nos trae la gracia que es Jesús”



Palabras del Papa Francisco antes del ángelus del Martes 15 de agosto de 2017, Solemnidad de la
Asunción de la Virgen María




Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy la página del Evangelio (Mt 14, 22-33) describe el episodio de Jesús que, después de haber orado toda la noche a la orilla del lago de Galilea, se dirige hacia la barca de sus discípulos, caminando sobre las aguas.

La barca se encuentra en medio del lago, bloqueada por un fuerte viento contrario. Cuando ven a Jesús venir caminando sobre las aguas, los discípulos lo confundieron con un fantasma y se asustaron. Pero él les tranquiliza “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” (v. 27). Pedro, con su típico ímpetu, le dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”; y Jesús lo llama: “Ven!”(vv.28-29). Pedro desciende de la barca y se pone a caminar sobre las aguas hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento le entró miedo y comenzó a hundirse y gritó “Señor, sálvame!”, y enseguida Jesús le tendió la mano y lo agarró. (vv. 30-31).

Este relato del Evangelio contiene un rico simbolismo y nos hace reflexionar sobre nuestra fe, ya sea como individuos ya sea como comunidad eclesial, nuestra fe, la de todos nosotros que estamos aquí en la plaza. La comunidad eclesial, esta comunidad eclesial, ¿tiene fe?, ¿Cómo es la fe de cada uno de nosotros y la fe de nuestra comunidad?.

La barca, es la vida de cada uno de nosotros pero también es la vida de la Iglesia; el viento contrario representa las dificultades y las pruebas. La invocación de Pedro: “Señor, mándame ir hacia ti!” y su grito: “Señor sálvame!” se asemejan tanto a nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también el miedo y la angustia que acompañan a los momentos más duros de nuestra vida y la de nuestras comunidades, marcadas por la fragilidad interna y las dificultades externas.

A Pedro, en aquel momento no le bastan las palabras seguras de Jesús, que era como la cuerda tendida a la cuál aferrarse para afrontar las aguas hostiles y turbulentas. Es lo que nos puede pasar también a nosotros. Cuando no nos agarramos a la Palabra del Señor, sino que para tener más seguridad consultamos horóscopos, cartomancia, se comienza a hundir. Esto quiere decir que la fe no es fuerte. El Evangelio de hoy nos recuerda que la fe en el Señor y en su palabra no nos abre un camino donde todo es fácil y tranquilo, no nos libra de las tempestades de la vida.

La fe nos da la seguridad de una Presencia, no olvidemos esto. La fe nos da la seguridad de una Presencia, la presencia de Jesús que nos empuja a superar las tempestades existenciales, la certeza de una mano que nos aferra para ayudarnos a afrontar las dificultades indicándonos el camino aun cuando está oscuro, la fe, no es una escapatoria de los problemas de la vida, sino que nos sostiene en el camino y le da un sentido.

Este episodio es una imagen magnífica de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca que, a lo largo de la travesía debe afrontar los vientos contrarios y tempestades que amenazan con volcarla. Lo que la salva, no es el coraje y las cualidades de los hombres: la garantía contra el naufragio es la fe en Jesús y en su palabra. Esta es la garantía, la fe en Jesús y en su palabra.

Sobre esta barca estamos seguros, a pesar de nuestras miserias y de nuestras debilidades, sobre todo cuando nos ponemos de rodillas y adoramos al Señor, como los discípulos que, al final, “se postraron delante de él, diciendo: ”Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!” (v.33). Qué hermoso es decirle a Jesús estas palabras! [Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!], lo decimos todos juntos fuerte!, “Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios” Una vez más! [Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios]

La Virgen María nos ayuda a perdurar firmes en la fe para resistir a las tempestades de la vida, a permanecer en la barca de la Iglesia, huyendo de la tentación de subir sobre barcas fascinantes pero inseguras, de las ideologías, de las modas y de los slogans.

Francisco

lunes, 14 de agosto de 2017

COLUMNISTA INVITADO: In memoriam del P. Ramón Terrones Casado, de la Virgen del Carmen, ocd.



Escribe: Fr. Francisco Víctor López Fernández, ocd.*


P. Ramón Terrones Casado, 
de la Virgen del Carmen, ocd.

(Porcuna, 1935 - Burgos, 2017)




Imaginarse al Padre Ramón sin los niños no era fácil. Clases, estudios, ensayos, piano, armonio, coro, excursiones, deportes, juegos, piscina…siempre estaba allí; y así durante muchos años. Desde 1964 se le veía en ese ambiente. De este modo lo conocí cuando llegué como teresiano al Seminario Carmelitano Teresiano de Córdoba, en el año indicado. Era un día especial en mi vida: el 2 de octubre. Tres cursos después nos acompañó en Baeza. Incluso, en su servicio pastoral en Argentina, desplegó una amplia  labor con los postulantes, novicios y estudiantes en Tandil, Córdoba, Alta Gracia y La Plata. Su carácter se amoldaba a los jóvenes y estaba dispuesto para servir con los superiores. Era trabajador y amante del fútbol, del que se jugaba y del que se veía por televisión, sin hostigar a los que preferían otras cosas. Su gusto lo sabíamos todos.

Había nacido en Porcuna (Jaén) el 6 de marzo de 1935. Era carmelita descalzo profeso desde el 25 de septiembre de 1955 en Úbeda. Málaga lo vio de sacerdote desde el 22 de diciembre de 1962. En el hospital de Burgos le salió al encuentro la muerte en el mes de agosto que gustaba celebrar con su familia. Desde el día 7 ya nos lleva delantera en la vida eterna.

Sus compañeros, que también formaban parte de mis formadores, decían que cuando ingresó en el Seminario Carmelitano Teresiano de Córdoba era el mayor de su curso;  con el tiempo se ordenó el primero de ellos, en diciembre de 1962. Y tras el tiempo de pastoral en Málaga fue destinado con el equipo de formación a Córdoba. De aquí, siguió por Baeza, Málaga, Argentina (Buenos Aires, Tandil, Córdoba, Alta Gracia, La Plata y Buenos Aires), Cádiz, Sevilla y Burgos.

Dar clase en nuestros colegios como al servicio de la formación de los candidatos a la vida religiosa fue una de las facetas principales del P. Ramón. Casi era un clásico en este campo. Como profesor de griego lo recordaremos, siempre, por su vocabulario como por las etimologías de las palabras castellanas derivadas de aquella lengua.

Gozaba de buena salud como buen deportista, aunque comenzó a complicarse siendo superior y formador en La Plata (199). Aquí se le cambió ritmo. Ya no estaba tranquilo  y esa continua preocupación le acompañó hasta el final.

La dimensión pastoral de párroco y vicario parroquial (además de decano o arcipreste) le ocupó buena parte de su sacerdocio, con lo que lleva consigo en la tarea de reuniones, grupos, encuentros, organizaciones, confesiones, predicaciones... Su carácter le hacía cercano a los feligreses si bien su prudencia y timidez le hacían poner distancia.

Siempre acogedor y dialogante cuando te encontrabas con él en la comunidad. Sabías que tenías un hermano delante. Conectabas con facilidad si hablabas de deportes,  música, de los frailes o comunidades, con su preguntita familiar: “¿Cómo andáis por allí?”.

Me parece que en el asunto de la disciplina nos pasábamos un poco los chiquillos; pero es cierto que lo queríamos mucho. Tanto sus celebraciones como predicaciones, sencillas y cercanas, se mezclaban con los ensayos del coro en que lo sacábamos de quicio, con los desafinamientos; entre sostenidos y bemoles, no entendíamos fuesen tan importantes para las celebraciones. Pero, se superaba con facilidad, y comenzaba de nuevo.

Siempre lo veíamos padre, sencillo, respetuoso, piadoso y bondadoso. Nosotros lo considerábamos el padre bueno. Y en sus oficios como superior, formador, rector o de dimensión pastoral se le veía sin ánimo de cargos ni de superioridad. Así, pues, buen recuerdo nos deja este hermano de hábito que amaba la Iglesia y la Orden  con el silencio y la soledad.

Quiero recordar una anécdota que me contó más de una vez en la que se refleja su docilidad: recién ordenado sacerdote, en la comunidad de Úbeda le pusieron la celebración de la misa en Baeza, para ayudar a los padres de aquella casa. Se despistó un poco con los horarios; el tiempo se le echó encima, y con su hábito y sandalias fue corriendo hasta llegar a la iglesia de la Concepción. La vuelta, tras la misa, la hizo en autobús. Más tarde, cuando se sacó el carnet de conducir, se prestó a hacer muchos favores llevando a los hermanos a la estación, a tal ciudad, efectuando encargos y con agilidad; uno de esos favorecidos lo hizo conmigo llevándome desde Córdoba a Tucumán (560 km). Y con el mundo del volante, los aparatos mecánicos y eléctricos le encantaban al igual que las herramientas de trabajo. Quería que todo estuviese funcionando y para el servicio de la comunidad. Era creativo. Ahora le llegó el momento de de parar, y de desearte con todo corazón que descanse en paz.





* Fr. Francisco Víctor López Fernández, ocd. (Fr. Francisco de la Virgen, Carmelita Descalzo), es licenciado en Ciencias Eclesiásticas por la Facultad de Teología de Granada y licenciado en Teología Espiritual (Teresianum – Roma) Actualmente es conventual del Convento de Carmelitas de Ubeda-Baeza, España.

domingo, 13 de agosto de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”


19º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 14, 22-33


Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor.


“Señor, sálvame” (Mt 14, 30).

La primera lectura (1 Re 19, 9a. 11-13a) habla de Elías, el profeta de fuego, que abatido por las luchas y las persecuciones, sube al monte Horeb a encontrar fortaleza en el lugar donde Dios se reveló a Moisés. Y en el Monte santo Dios se le revela también a él: «Sal —oye que le dicen— y aguarda al Señor en el monte». Al punto pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes; siguió un terremoto y luego un fuego, pero —repite hasta tres veces el sagrado texto— «en el viento..., en el terremoto..., en el fuego no estaba el Señor» (ib 11-12). Todo ya en calma, «se escuchó un susurro»; Elías intuyó en él la presencia del Señor y, en señal de respeto, «se cubrió el rostro con el manto» (ib 13).

Dios se hace preceder y como anunciar por las fuerzas poderosas de la naturaleza, índices de su omnipotencia; pero cuando quiere revelarse al profeta desesperanzado y cansado, lo hace en el suave susurro de una brisa leve, la cual al mismo tiempo que expresa su espiritualidad misteriosa, indica también su bondad delicada con la debilidad del hombre y la intimidad en que quiere comunicarse a él. El trozo bíblico termina aquí sin referir el diálogo entre Dios y su profeta, pero es suficiente para demostrar cómo interviene Dios para sostener al hombre que, oprimido por las dificultades de la vida, se refugia en él.

En un contexto harto diferente presenta el Evangelio (Mt 14, 22-33) un episodio sustancialmente semejante. La tarde de la multiplicación de los panes, ordena Jesús a sus discípulos atravesar el lago y precederle en la otra orilla mientras él, despedida la muchedumbre, va solo al monte a orar. Es de noche; la barca de los Doce avanza a duras penas por la violencia de las olas viento contrario, de modo que «se fatigaban remando» (Mc 6, 48). Al alba ven a Jesús venir hacia ellos «andando sobre el agua», y creyéndolo un fantasma, gritan llenos de pavor. Pero la palabra del Señor los serena: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14, 27); y Pedro más osado dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua» (ib 28). El apóstol no duda de que Jesús tiene ese poder, y a una palabra suya baja de la barca y camina sobre el agua. Pero un instante después, asustado por la violencia del viento, está Ora hundirse e invoca: «¡Señor, sálvame!» (ib 30).

Es muy humano este contraste entre la fe de Pedro y su miedo instintivo; lo mismo que Elías está lleno de celo y ardor por su Señor, pero está también expuesto a los miedos y abatimientos y necesita que el Señor intervenga para sostenerlo. En el Horeb Dios hizo sentir su presencia al profeta, se le reveló y le habló, pero siguió siendo el invisible. En el lago, en cambio, Dios se deja reconocer en la realidad de su persona humano-divina; los discípulos no se cubren el rostro en su presencia, sino que ponen en él su mirada, pues ha velado su divinidad bajo carne humana. Se ha hecho hombre, hermano; por eso los discípulos, y especialmente Pedro, tratan con él con tanta familiaridad. Y Jesús también familiarmente los anima o los reprende, calma el viento, tiende la mano a Pedro, lo agarra y le dice: «¡Qué poca fe!, ¿por qué has dudado?» (ib 31).

La poquedad de su fe hace al cristiano miedoso en los peligros, abatido en las dificultades y por eso le pone a pique de naufragar. Pero donde la fe es viva, dónde no se duda del poder de Jesús y de su continua presencia en la Iglesia, no habrá nunca peligro de naufragio, porque la mano del Señor se extenderá invisible para salvar la barca de la Iglesia, lo mismo que a cada fiel.


«No temáis»: dices a tus discípulos... ¡Oh, qué bueno eres, Dios mío, diciéndoles a ellos y diciéndonos a nosotros esta palabra!... ¡Qué débil soy, qué miserable, qué pecador, qué agitado estoy de continuo por el viento de la tentación y cómo estoy a punto de anegarme...! Porque no es tanto que la tentación sea fuerte cuanto que yo soy débil... Sí, lo reconozco; tú no dejas que yo sea muy tentado; siento tu mano sin cesar sobre mí, para protegerme, y cualquier tentación grave...

¡Qué bueno eres, Dios mío, diciéndome a mí que bogo sin avanzar un paso, a mí que me siento juguete de las olas e impotente para continuar: «No temas...». ¡Qué bueno eres, no sólo diciéndome esa palabra, sino también dejándome entrever la esperanza de que llegará un día en que tú mismo subirás a mi pobre barquilla y ella entonces se hallará de golpe en aquella ribera a la que tiende sin poder avanzar. Aquella ribera es el cumplimiento de tu voluntad, a la que quisiera llegar finalmente en esta vida, y es te eternidad a la que te suplico hagas llegar mi barquilla, ¡oh divino, oh dulce piloto, oh buen Jesús! (C. DE FOUCAULD, Medltaciones sobre el evangelio).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 19º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A



“No tengáis miedo” (Mt. 14, 22-33)




sábado, 12 de agosto de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Cultura, ciencia y Dios





VIGÉSIMO NOVENO PROGRAMA DEL CICLO




“¿Qué es cultura? Es cultura aquello que impulsa al hombre a respetar más a sus semejantes, a ocupar mejor su tiempo libre, a trabajar con un sentido más humano, a gozar de la belleza y amar a su Creador. La cultura gana en calidad, cuando contribuye a vivir armoniosamente, toda la constelación de los valores humanos.

Sembrad, con la cultura, gérmenes de humanidad; gérmenes que crezcan, se desarrollen y hagan robustas a las nuevas generaciones. Trabajad en el mundo de la cultura con un sentido de trascendencia, porque Dios es la Suma Verdad, la Suma Belleza, el Sumo Bien y con la labor científica y artística, se puede dar gloria al Creador y preparar así el encuentro con Dios Salvador.”

(San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 12 de abril de 1987, en el Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires).