sábado, 23 de septiembre de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Oración de consagración a María Santísima





TRIGÉSIMO TERCER PROGRAMA DEL CICLO

ÚLTIMO EPISODIO




¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia! Te acogemos en nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz. Y en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud de Madre.

Te encomiendo y te consagro, Virgen Santísima, las esperanzas y anhelos de la Iglesia con sus Pastores y sus fieles, de las familias para que crezcan en santidad, de los jóvenes para que encuentren la plenitud de su vocación, en una sociedad que cultive sin desfallecimiento los valores del espíritu.

Te encomiendo a todos los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados; a los que la violencia separó para siempre de nuestra compañía, pero permanecen presentes ante el Señor de la historia y son hijos tuyos, Madre de la Vida. Haz que la Iglesia entera sea fiel al Evangelio, y abra de par en par su corazón a Cristo, el Redentor del hombre, la Esperanza de la humanidad.

(San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 12 de abril de 1987, Avenida 9 de Julio, Buenos Aires).

jueves, 21 de septiembre de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Levántate, camina, confía, sueña, no caigas en el desánimo”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 20 de septiembre de 2017


Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza




“No te quedes paralizado, levántate, camina, confía, sueña. Sé constructor de paz y no de odio o división. Ama a tu prójimo, respeta el camino de cada uno, sé compasivo y justo. Sueña con un mundo nuevo”, dijo esta mañana el papa Francisco durante la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro donde se dirigió, esta vez, particularmente a los jóvenes. Siguiendo con el tema de sus catequesis, este miércoles se refirió al tema “educar a la esperanza”.

Francisco aclaró que “usaré el tú imaginando conversar con un joven o con cualquier persona dispuesta a aprender” y con un lenguaje directo, optimista y motivador animó a los jóvenes a no caer en el desánimo y comprometerse con sus vidas, con la sociedad y con Dios.

“¡Donde Dios te ha plantado, espera! No cedas al desánimo”, exhortó el Papa y añadió: “Recuerda que el enemigo que tienes que derrotar está dentro de ti. Cree firmemente que este mundo es un milagro de Dios, que Él nos da la gracia de realizar nuevos prodigios, porque la fe y la esperanza caminan juntas. Confía en Dios Creador, que llevará su creación a cumplimiento definitivo, en el Espíritu Santo que guía todo el bien, en Cristo que nos espera al final de nuestra existencia”.

“Cree firmemente que este mundo es el primer milagro hecho por Dios, y que Dios ha puesto en nuestras manos la gracia de nuevos prodigios. Fe y esperanza permanecen juntos”.

También insistió en la importancia de buscar la verdad y confiar en ella, “confía en Dios Creador, en el Espíritu Santo que lo mueve todo hacia el bien, hacia el abrazo de Cristo que espera a cada hombre hasta el fin de su existencia”.

Además, recordó que “el mundo camina gracias a la mirada de tantos hombres que han abierto sus brazos, que han construido puentes, que han soñado y creído, incluso, cuando han tenido que escuchar palabras de burla a su alrededor”.

“No pienses nunca que la lucha que realizas es completamente inútil”, indicó. “No creas que en el fin de la existencia nos espera el naufragio. Dios no decepciona, ha puesto la esperanza en nuestros corazones y no la quiere eliminar con continuas frustraciones”.

“Allí donde estés, ¡construye! Si te caes, ¡levántate! Si estás sentado, ¡ponte en camino! Si la pereza te paraliza, ¡apártate de ella con las buenas obras! Si te sientes vacío o desmoralizado, pide que el Espíritu Santo vuelva a llenar tu vacío”.

Recordó la necesidad de amar a los demás, “ámalos uno a uno. Respeta el camino de todos, por lineal o caótico que sea, porque cada uno tiene su propia historia que contar. Cada niño que nace es la promesa de una vida que una vez más se muestra más fuerte que la muerte. Cada amor que surge es una potencia de transformación que anhela la felicidad”.

Francisco señaló que “Jesús nos confió una luz que brilla en las tinieblas: defiéndela, protégela. Esa luz única es la riqueza más grande que ha sido confiada a tu vida”.

En otra parte del discurso pidió a los jóvenes que sueñen con un mundo mejor, “un mundo que todavía no se ve, pero que sin duda llegará”. También les pidió que sean responsables con el mundo, con la vida, especialmente con los pobres. “Cada injusticia contra un pobre es una herida abierta, y mancilla tu propia dignidad. La vida no termina con tu existencia, y a este mundo vendrán otras generaciones que sucederán a la tuya y a muchas otras”.

“Vence al miedo”, fue otra de las peticiones del Pontífice. “Pide a Dios el don de la valentía. Recuerda que Jesús venció por nosotros al miedo, nuestro enemigo más grande no puede hacer nada contra nuestra fe. Y cuando te sientas asustado ante cualquier dificultad de la vida, recuerda que no vives solo. En el Bautismo tu vida fue inmersa en el misterio de la Trinidad y por lo tanto perteneces a Jesús”.

No obstante, “si un día te dominase el miedo, o pensases que el mal es demasiado grande para ser desafiado, piensa simplemente que Jesús vive en ti”.

Por último, Francisco también aseguró que no hay que desanimarse por lo errores: “Nada es más humano que cometer errores. Si te equivocas, ¡levántate! Ningún error se debe convertir en una prisión para ti. El Hijo de Dios vino no para lo sanos, sino para los enfermos. Por lo tanto, ha venido también para ti. Y si te equivocas de nuevo en el futuro, no tengas miedo, ¡levántate! Dios es tu amigo”.

domingo, 17 de septiembre de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano? Hasta setenta veces siete

24º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.

»Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Palabra del Señor.


“Señor, tú no nos trata como merecen nuestra culpas, ni nos paga según nuestros pecados” (Sal 102, 3).

En el Antiguo Testamento se contienen en germen las verdades que luego, predicadas por Cristo, florecen en el Nuevo. A veces es más que un germen, es un verdadero anticipo del Evangelio, como puede verse en la lectura primera de este domingo, que habla del deber del perdón (Ecli 27, 30-28, 7). “Perdona las ofensas a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud a su Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?” (ib 28, 2-4). Si al antiguo pueblo de Dios se le pedía ya tanto, no menos se le puede exigir al nuevo, que ha escuchado las enseñanzas del hijo de Dios y le ha visto morir en cruz implorando perdón para sus verdugos.

Jesús perfeccionó la ley del perdón extendiéndola a todo hombre y a cualquier ofensa, porque con su sangre ha hecho a todos los hombres hermanos -y por lo tanto prójimos los unos con los otros- y ha saldado los pecados de todos. Por eso cuando Pedro -convencido de que proponía algo exagerado- le pregunta si debe perdonar al hermano que peque contra él hasta siete veces, el Señor le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). Expresión oriental que significa un número ilimitado de veces -equivale a siempre- ya usado en la Biblia en el canto feroz de Lamek, que se jacta de vengarse de las ofensas “setenta veces siete” (Gn 4, 24).

En ese contexto dicha fórmula indica la invasión tremenda del mal. Pero si el mal es inmensamente prolífico, el bien debe serlo al menos otro tanto, porque Jesús emplea la misma expresión, para enseñar así que el mal ha de ser vencido por la bondad ilimitada que se manifiesta en el perdón incansable de las ofensas. Pensándolo bien resulta una obligación desconcertante, casi inquietante. Para hacerla más accesible, Jesús la ha ilustrado con la parábola del siervo despiadado. Su enorme deuda -diez mil talentos- condonada tan fácilmente por el amo, y su increíble dureza de corazón, pues por la exigua suma de cien denarios echa en la cárcel a un colega suyo, permiten intuir enseguida una verdad mucho más profunda oculta en la parábola; la cual representa la misericordia infinita de Dios que ante el arrepentimiento y la súplica del pecador perdona y cancela la más grave deuda de pecados, y por otra parte, ejemplifica la mezquina estrechez del hombre que ,estando tan necesitado de misericordia, es incapaz de perdonar al hermano una pequeña ofensa.

Aunque por el orgullo y el espíritu de venganza inserto en el hombre caído, pueda a veces costar perdonar, es siempre condición indispensable para obtener el perdón de los pecados. No hay escapatoria: o perdón y ser perdonados, o negar el perdón y ser condenados. “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo -concluye la parábola- si cada cual no perdona de corazón a su hermano” (Mt 18, 35).

Retorna la admonición de la primera lectura: “Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; recuerda los mandamientos y no te enojes con el prójimo… y perdona el error” (Ecli 28, 6-7). Son lecciones que nunca se meditan bastante y que deben inducir a hurgar en el propio corazón para ver si anida en él algún resentimiento o malquerencia contra un solo hermano. No en vano nos ha enseñado Jesús a orar así: “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6, 12).


“Mira, Señor Jesús, que venimos a ti, no como quienes te han seguido, sino como quienes te han traicionado, fieles que tantas veces hemos sido infieles; venimos a reconocer la relación misteriosa entre nuestros pecados y tu pasión dolorosísima, nuestra obra y tu obra. Venimos a golpearnos el pecho, a pedirte perdón, a invocar tu misericordia. Venimos porque sabemos que tú puedes, que tú quieres perdonarnos, porque tú has expiado por nosotros, porque tú eres nuestra redención. Tú eres nuestra esperanza.

Señor Jesús, Redentor nuestro, reaviva en nosotros el deseo y la confianza de tu perdón; robustece el propósito de nuestra conversión y de nuestra fidelidad; danos la certeza y también la dulzura de tu misericordia.

Señor Jesús, nuestro Redentor y Maestro, danos la fuerza de perdonar a los otros, para que nosotros seamos perdonados verdaderamente por ti.

Señor Jesús, nuestro Redentor y Pastor, infunde en nosotros la capacidad de amar, como tú quieres que, a tu ejemplo y con tu gracia, te amemos a ti y a todos nuestros hermanos” (Pablo VI, Enseñanzas, v 2).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 24º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


“Hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-35) 




jueves, 14 de septiembre de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “En el corazón de la nación colombiana hay deseo de vida y de paz”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 13 de septiembre de 2017


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Como ustedes saben en los días pasados he realizado el Viaje Apostólico a Colombia. ¡Están aquí algunos colombianos! Con todo el corazón agradezco al Señor por este gran don; y deseo renovar la expresión de mi reconocimiento al Señor Presidente de la República, que me ha acogido con mucha cortesía, a los Obispos colombianos que han trabajado mucho para preparar esta Visita, como también a las Autoridades de este País, y a todos aquellos que han colaborado en la realización de esta Visita. ¡Y un agradecimiento especial al pueblo colombiano que me ha recibido con mucho afecto y tanta alegría! Un pueblo alegre en medio del sufrimiento, pero gozoso; un pueblo con esperanza. Una de las cosas que más me ha impresionado en todas las ciudades, entre la gente, los papás y las mamás con los niños, que levantaban a los niños para que el Papa los bendijera, pero también con orgullo hacían ver a sus niños como diciendo: “Esto es nuestro orgullo, esta es nuestra esperanza”. Yo he pensado: un pueblo capaz de hacer niños y capaz de hacerlos ver con orgullo, con esperanza: este pueblo tiene futuro. Y me ha gustado mucho.

De modo particular en este Viaje he sentido la continuidad con los dos Papas que antes de mí han visitado Colombia: el Beato Pablo VI, en 1968, y San Pablo II, en 1986. Una continuidad fuertemente animada por el Espíritu, que guía los pasos del pueblo de Dios por los caminos de la historia.

El lema del Viaje era “Demos el primer paso”, es decir, “realicemos el primer paso”, referido al proceso de reconciliación que Colombia está viviendo para salir de medio siglo – de medio siglo – de conflictos internos, que ha sembrado sufrimiento y enemistad, causando tantas heridas, difíciles de cicatrizar. Pero con la ayuda de Dios el camino está ya iniciado. Con mi visita he querido bendecir el esfuerzo de este pueblo, confirmarlo en la fe y en la esperanza, y recibir su testimonio, que es una riqueza para mi ministerio y para toda la Iglesia. El testimonio de este pueblo es una riqueza para toda la Iglesia, ¡eh!

Colombia – como la mayor parte de los países latinoamericanos – es un país en el cual son fuertes las raíces cristianas. Y si este hecho hace todavía más agudo el dolor por la tragedia de la guerra que lo ha desgarrado, al mismo tiempo constituye la garantía de la paz, el sólido fundamento de su reconstrucción, la linfa de su invencible esperanza. Es evidente que el Maligno ha querido dividir al pueblo para destruir la obra de Dios, pero es también evidente que el amor de Cristo, su infinita Misericordia es más fuerte que el pecado y que la muerte.

Este Viaje ha sido para llevar la bendición de Cristo, la bendición de la Iglesia sobre el deseo de vida y de paz que rebosa del corazón de esta Nación: lo he podido ver en los ojos de los miles y miles de niños, jóvenes y muchachos que han llenado la Plaza de Bogotá y que he encontrado por todas partes; esa fuerza de vida que también la naturaleza misma proclama con su exuberancia y su biodiversidad. Colombia es el segundo país en el mundo por biodiversidad. En Bogotá he podido encontrar a todos los Obispos del país y también al Comité Directivo del Consejo Episcopal Latinoamericano. Agradezco a Dios por haberlos podido abrazar y por haberles dado mi aliento pastoral, por su misión al servicio de la Iglesia sacramento de Cristo nuestra paz y nuestra esperanza.

La jornada dedicada de modo particular al tema de la reconciliación, momento culminante de todo el Viaje, se ha desarrollado en Villavicencio. En la mañana se realizó la gran celebración eucarística, con la beatificación de los mártires Jesús Jaramillo Monsalve, Obispo, y Pedro María Ramírez Ramos, sacerdote; por la tarde, la especial Liturgia de Reconciliación, simbólicamente orientada hacia el Cristo de Bojayá, sin brazos y sin piernas, mutilado como su pueblo.

La beatificación de los dos Mártires ha recordado plásticamente que la paz se funda también, y sobre todo, en la sangre de tantos testigos del amor, de la verdad, de la justicia, y también de mártires verdaderos, asesinados por la fe, como los dos apenas citados. Escuchar sus biografías ha sido conmovedor hasta las lágrimas: lágrimas de dolor y de alegría juntas. Ante sus Reliquias y sus rostros, el santo pueblo fiel de Dios ha sentido fuerte su propia identidad, con dolor, pensando a las tantas, muchas víctimas, y con alegría, por la misericordia de Dios que se extiende sobre quienes lo temen (Cfr. Lc 1,50).

«Misericordia y verdad se encontraran, justicia y paz se besaran» (Sal 85,11), que hemos escuchado al inicio. Este versículo del salmo contiene la profecía de lo que ha sucedido el viernes pasado en Colombia; la profecía y la gracia de Dios para este pueblo herido, para que pueda resurgir y caminar en una vida nueva. Estas palabras proféticas llenas de gracia las hemos visto encarnadas en la historia de los testimonios, que han hablado en nombre de tantos y tantos que, a partir de sus heridas, con la gracia de Cristo han salido de sí mismos y se han abierto al encuentro, al perdón, a la reconciliación.

En Medellín la perspectiva ha sido la de la vida cristiana como discipulado: la vocación y la misión. Cuando los cristianos se comprometen completamente en el camino del seguimiento de Jesucristo, se hacen verdaderamente sal, luz y levadura en el mundo, y los frutos son abundantes. Uno de estos frutos son los Hogares, es decir, las Casas donde los niños y los jóvenes heridos por la vida pueden encontrar una nueva familia donde son amados, acogidos, protegidos y acompañados. Y otros frutos, abundantes como racimos, son las vocaciones para la vida sacerdotal y consagrada, que he podido bendecir y animar con alegría en un inolvidable encuentro con los consagrados y sus familiares.

Y finalmente, en Cartagena, la ciudad de San Pedro Claver, apóstol de los esclavos, el “focus” ha ido a la promoción de la persona humana y de sus derechos fundamentales. San Pedro Claver, como también recientemente Santa María Bernarda Bütler, han dado la vida por los más pobres y marginados, y así han mostrado la vía de la verdadera revolución, aquella evangélica, no ideológica, que libera verdaderamente a las personas y las sociedades de las esclavitudes de ayer y, lamentablemente, también de hoy. En este sentido, “dar el primer paso” – el lema del Viaje – significa acercarse, inclinarse, tocar la carne del hermano herido y abandonado. Y hacerlo con Cristo, el Señor hecho esclavo por nosotros. Gracias a Él hay esperanza, porque Él es la misericordia y la paz.

Encomiendo nuevamente a Colombia y a su amado pueblo a la Madre, Nuestra Señora de Chiquinquirá, que he podido venerar en la catedral de Bogotá. Con la ayuda de María, todo colombiano pueda dar cada día el primer paso hacia el hermano y la hermana, y así construir juntos, día a día, la paz en el amor, en la justicia y en la verdad. Gracias.”

Francisco

domingo, 10 de septiembre de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “Si tu hermano peca repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso has salvado a tu hermano”


23º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 18, 15-20


En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

»Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.


“¡Haznos volver a ti, Señor, y volveremos!” (Lam 5, 21).

Para ordenar la meditación de los textos bíblicos de la liturgia de hoy puede tomarse como punto de arranque la segunda lectura (Rm 13, 8-10): “A nadie le debáis nada, más que amor” (ib 8). Es ésta la gran deuda que cada uno debe apresurarse a saldar; deuda, porque el amor mutuo es exigencia de la naturaleza humana y porque Dios mismo ha querido tutelar esa exigencia con un mandamiento extremadamente importante, síntesis de toda la ley: “el que ama tiene cumplido el resto de la ley” (ib).

Todos los preceptos -negativos o positivos- que regulan las relaciones entre los hombres culminan en el amor. Amor ordenado no sólo al bien material de los hermanos, sino también al espiritual y eterno. Como cada cual quiere para sí la salvación, así está obligado a quererla para los otros; y aun es condición para su misma salvación personal.

Sobre este punto se detiene la primera lectura (Ez 33, 7-9). Dios ha constituido a Ezequiel centinela de su pueblo y le dice: “Si… tú no hablas, poniendo en guardia al malvado, para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre” (ib 8). Es siempre la gran responsabilidad del que tiene cometido semejante al del profeta: pastores del pueblo de Dios, superiores religiosos, padres y madres de familia, educadores. Su salvación está condicionada al celo en guardar su grey, sea grande o pequeña.

Dejar perecer en el pecado a un hijo o a un hermano sin tenderles la mano es una traición, una vileza, un egoísmo de que Dios pedirá estrecha cuenta. El temor a ser rechazado, a perder la popularidad o a ser tachados de intransigencia no justifica el “lavarse las manos” o el “dejar pasar”. El que ama no se da paz mientras no halla el modo de llegar al culpable y amonestarlo con bondad y firmeza. Y si a pesar de tentativas, exhortaciones y súplicas no consigue su intento, no cesará de orar y hacer penitencia para obtenerle la gracia de Dios.

El Evangelio (Mt 18, 15-20) da un paso adelante y extiende este deber a todo fiel que ve a un hermano caer en el pecado. “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano” (ib 15). Ante todo la amonestación debe ser secreta para salvaguardar el buen nombre del culpable. Por desgracia en la práctica acaece con frecuencia lo contrario: se habla y se murmura con otros manifestando lo que estaba oculto, mientras bien pocos tienen la valentía de advertírselo al interesado. ¿De qué sirve hablar sobre la enfermedad, si ninguno cura al enfermo? Hay que preocuparse, más bien, de “salvar” al hermano.

Su pérdida es un daño para él y para la comunidad, y su retorno es “una ganancia” para todos. Por eso, si la corrección privada no tiene éxito, Jesús exhorta a repetirla delante de dos o tres testigos; y, si aun este medio fallase, a informar de ello a la Iglesia. No para denuncia y condena, sino para inducir al culpable a enmendarse y para tutelar el bien común. La Iglesia, en efecto, estando asistida por el Espíritu Santo, tiene luz y poder particulares, y por eso su admonición tiene una eficacia especial; y, en fin, su decisión de “atar o desatar” tiene tal autoridad que es ratificada en el cielo (ib 18).

El trozo evangélico termina con una exhortación a la plegaria en común. Como los fieles -uno o dos testigos- deben convenirse para procurar sacar del mal a un hermano, así también se deben convenir para orar. Basta que dos solos convengan en lo que pedir a Dios y se reúnan en nombre de Jesús, para que su oración sea escuchada. Y los será ciertamente si tiene por objeto la enmienda de los culpables.


“Padre y Señor nuestro, que nos has redimido y adoptado como hijos, mira con bondad a los que tanto amas; y pues creemos en Cristo, concédenos la verdadera libertad y la herencia de los santos”; al igual que la Oración sobre las Ofrendas: “Oh Dios, fuente de la paz y del amor sincero, concédenos glorificarte por estas ofrendas y unirnos fielmente a ti por la participación en esta eucaristía” (Oración Colecta, Misal Romano).

“Dios misericordioso y compasivo, perdona nuestras iniquidades, pecados, faltas y negligencias. No tengas en cuenta todo pecado de tus siervos y siervas, sino purifícanos con la purificación de tu verdad y endereza nuestros pasos en santidad de corazón, para caminar y hacer lo acepto y agradable delante de ti y de nuestros hermanos.

Sí, Señor, muestra tu faz sobre nosotros para el bien en la paz, para ser protegidos por tu poderosa mano, y líbrenos de todo pecado tu brazo excelso, y de cuantos nos aborrecen sin motivo. Danos concordia y paz a nosotros y a todos los que habitan sobre la tierra, como se la diste a nuestros padres que te invocaron santamente en fe y verdad” (San Clemente Romano, Comentario a 1 Corintios, 60).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 23º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


“La corrección fraterna” (Mt. 18, 15-20)



martes, 5 de septiembre de 2017

INTENCIONES DEL PAPA: Mes de SEPTIEMBRE de 2017

Queridos amigos y hermanos del blog: El Papa confía cada mes a su Red Mundial de Oración, el Apostolado de la Oración, intenciones que expresan sus grandes preocupaciones por la humanidad y por la misión de la Iglesia. Su intención de oración mensual (un mes es universal, otro mes por la evangelización) es una convocatoria mundial para transformar nuestra plegaria en «gestos concretos». Resume su plan de acción para movilizarnos cada mes, por la oración y la acción, por un propósito que nos invita a construir un mundo más humano y solidario. Además el Santo Padre propone al principio de mes (1er Ángelus) una intención en relación con la actualidad, una intención de “último minuto” que nos saca de la “globalización de la indiferencia”.




La INTENCIÓN POR LA EVANGELIZACIÓN para SEPTIEMBRE 2017 es: 



“Por nuestras parroquias, para que, animadas por un espíritu misionero, sean lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad.”



COMENTARIO PASTORAL:

27. Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad. Como decía Juan Pablo II a los Obispos de Oceanía, «toda renovación en el seno de la Iglesia debe tender a la misión como objetivo para no caer presa de una especie de introversión eclesial».

28. La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. Aunque ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo «la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas». Esto supone que realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos. La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización. Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la  misión.

29. Las demás instituciones eclesiales, comunidades de base y pequeñas comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores. Muchas veces aportan un nuevo fervor evangelizador y una capacidad de diálogo con el mundo que renuevan a la Iglesia. Pero es muy sano que no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular. Esta integración evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin raíces.

Exhortación Apostólica
Evangelii Gaudium
FRANCISCO

24 de noviembre 2013



























Nos unimos también a la intención de 
la Conferencia Episcopal Española

domingo, 3 de septiembre de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"


22º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 16, 21-27


En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta»

Palabra del Señor.


“Señor, que me ofrezca a ti como hostia viva, santa, agradable a ti” (Rom 12, 1)

A causa de pecado y de sus consecuencias, el servicio de Dios entraña lucha, renuncia, vencimiento propio. La liturgia de hoy es una demostración típica de ello. En primer lugar la afligida confesión de Jeremías (20, 7-9) que expresa el profundo sufrimiento de un hombre elegido por Dios para anunciar su palabra y perseguido por ella. El profeta llega a declararse “seducido” por Dios, casi engañado, porque su misión lo ha hecho objeto de “oprobio y desprecio todo el día” (ib 8). Oprimido por el sufrimiento quisiera sustraerse al querer divino, pero le es imposible.

“La palabra de Dios era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía” (ib 9). Este misterioso fuego interior, índice del amor de Dios que lo ha conquistado, y aun “seducido”, y del carisma profético de que ha sido dotado, lo mueve contra toda inclinación natural, a proseguir su ingrata misión. Espléndido ejemplo del poder de la acción divina en una criatura débil.

Pero la demostración más autorizada nos viene del Evangelio (Mt 16, 21-27) en el anuncio de la pasión de Jesús, de la que los sufrimientos de Jeremías, son una pálida figura. “Desde entonces -es decir, desde la confesión de Pedro en Cesárea- empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho… y ser ejecutado” (ib 21). Con su fogosidad acostumbrada Pedro reacciona al instante. ¿Cómo admitir que el Mesías, el Hijo de Dios vivo, vaya a ser perseguido y ajusticiado? Pedro no hace más que expresar la mentalidad de los hombres de todos los tiempos. En buena lógica humana cuanto mayor es uno, tanto más éxito ha de tener y más ha de ir de victoria en victoria. Pero no es esta la lógica de Dios ni el pensamiento de Jesús, el cual afirma que “tiene” que sufrir porque así lo ha establecido el Padre para redimir al mundo del pecado.

Y Pedro se siente rechazado con dureza: “Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios” (ib 23). ¡Tremendo contraste entre estas palabras y las que ha escuchado en Cesárea cuando la confesión de la mesianidad y divinidad de Jesús! Allí: “¡Dichoso tú!” y la promesa del primado (ib 16-18); aquí el apelativo de “Satanás” y la repulsa. El motivo uno solo: la oposición a la pasión y muerte del Señor. Es más fácil reconocer en Jesús al Hijo de Dios que aceptar verlo morir como un malhechor. Pero quien se escandaliza de él; quien rechaza su pasión le rechaza a él, porque Cristo es el Crucificado. Y quien sigue a Cristo tiene que aceptar no sólo la cruz de Cristo, sino la propia. Lo dice Jesús en seguida para hacer comprender a su discípulos que sería una ilusión pensar en seguirlo, pero sin llevar con él la cruz: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (ib 24). Después del pecado es éste el único camino de salvación para los individuos y para la humanidad entera.

“Hermanos: os exhorto, por la misericordia de Dios -escribe san Pablo- a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios” (Rm 12, 1 – 2ª lectura). El cristiano no lleva su cruz  a la fuerza; es un voluntario que la acepta con amor para hacer de sí mismo un sacrificio vivo y santo” en unión con el de Cristo, para gloria del Padre y redención del mundo. Pero esto no es posible sin esa profunda transformación de mentalidad que hace pensar “al estilo de Dios” y por eso hace al hombre capaz de “discernir lo que es la voluntad de Dios” (ib 2) y de no escandalizarse en presencia del sufrimiento.


“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: ‘Violencia’, proclamando: ‘Destrucción’. La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: ‘No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre’; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla, y no podía… Pero el Señor está conmigo, cual campeón valeroso” (Jeremías 20, 7-9. 11).

“Si quiero vivir contigo, oh Jesús, debo persuadirme de que la vida cristiana está comprendida en ti crucificado, esto es, en el espíritu de renuncia, de sacrificio, en la práctica del total abandono y renuncia de sí; sólo a través del Calvario se llega a la meta. Si encontramos en este camino dolores y luchas, tú, oh Cristo, nos sostendrás con tu cruz y nos ayudarás con tu gracia. Graba en mi corazón tus palabras: ‘El que quiera venirse conmigo, que cargue con su cruz y me siga’.

Jesús mío, tú tienes una cruz que es demasiado grande para nuestras débiles fuerzas; no podemos nosotros ofrecer tanto a tu amor. Pero acepta, oh Jesús, el ofrecimiento de nuestros dolores, concédenos unirnos a la gloria de tu Resurrección. Jesús mío, que durante toda mi vida lleve mi cruz como prenda de tu santo amor y arra de tu benevolencia, y muerto y crucificado al mundo viva la vida de la gracia” (Siervo de Dios Monseñor Giuseppe Canovai, Suscipe, Domine).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 22º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A



“La necesidad de la cruz”  (Mt. 16, 21-27)