viernes, 21 de julio de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): ¿Cómo pasar de la “soledad” a la “solidaridad” personal?




VIGÉSIMO SEXTO PROGRAMA DEL CICLO




"Ningún cristiano debiera permanecer insensible ante la necesidad ajena pues si la caridad es nuestro mandamiento supremo, ¿cómo se puede quedar cruzado de brazos si la justicia es el presupuesto básico y primer fruto de la caridad?

El servicio que vuestro testimonio puede prestar al hombre, requiere de cada uno de vosotros un compromiso exigente que os lleve a decir ¡basta! a todo lo que sea una clara violación de la dignidad del hombre y del trabajador.

Pero no olvidéis que ese compromiso requiere una actitud de solidaridad personal: hay que superar la tendencia al anonimato en las relaciones humanas; hay que hacer un esfuerzo positivo para convertir la “soledad” en “solidaridad”, buscando momentos de comprensión, de ayuda mutua, de fomento de la amistad."

domingo, 16 de julio de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende, ese dará fruto”


15º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 13, 1-23


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente se quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas.

Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».

Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’. ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

»Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

Palabra del Señor.


“Señor, que nuestros ojos vean y nuestros oídos escuchen” (Mt 13, 16).

El poder y la eficacia de la palabra de Dios son el argumento central de la liturgia de hoy. “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar… -dice el Señor-, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is 55, 10-11; 1ª lectura). La palabra de Dios realiza siempre lo que expresa: bastó un “fiat” (sí) para sacar de la nada el universo entero y dar la vida a todas las criaturas. Y cuando el hombre, en vez de responder con amor a la palabra creadora, se rebeló, otra palabra, la promesa del Salvador, repetida a través de los siglos de mil formas, le aseguró la salvación y lo orientó a ella.

Llegada la plenitud de los tiempos, Dios no ha enviado a los hombres ya simples palabras, sino su Palabra eterna, su Verbo. El Verbo ha asumido la naturaleza humana, se ha hecho carne, llamándose Jesucristo, y ha venido a sembrar en el corazón de los hombres la palabra de Dios.

Es el tema de la parábola del sembrador que se lee en el Evangelio de hoy (Mt 13, 1-23). El sembrador salido a sembrar es justamente Jesús, y la semilla que esparce “es la palabra de Dios” (Lc 8, 11) que él -Palabra increada- posee en sí mismo y expresa a los hombres en lenguaje humano. Su palabra, pues, es de un poder y eficacia divinos, es semilla fecunda como ninguna, capaz de germinar en salvación, santidad y vida eterna.

Con todo -dice la parábola- la misma semilla produce fruto abundante en un terreno y en otros no produce nada. Se significa aquí el misterio de la libertad del hombre frente al don de Dios. Jesús siembra por doquier la Palabra: no la niega ni a los pecadores empedernidos, a la gente superficial y distraída, a los hombres inmersos en los placeres o engolfados en los negocios, a todos los cuales se los compara en la parábola al camino pisoteado, al terreno pedregoso o al cubierto de espinas; esto indica la gran misericordia del Señor.

En el orden espiritual, en efecto, “es posible que la roca se transforme en tierra grasa; y que el camino deje de ser pisado y se convierta también en tierra fértil, y que las espinas desaparezcan y dejen crecer exuberantes semillas. Y si no en todos se opera esa transformación no es ciertamente por culpa del sembrador, sino de aquellos que no quieren transformarse” (San Juan Crisóstomo, In Mt, 44, 3). Terrible cosa, pero real: el hombre puede cerrarse a la palabra de Dios, rechazarla y en consecuencia hacerla ineficaz. Entonces la Palabra verterá en otra parte su fecundidad con la extraordinaria abundancia de frutos producida “en la tierra buena”, o sea en el que “escucha la Palabra de Dios y la entiende” (Mt 13, 23). Pero aun en éstos el fruto no será igual, sino proporcionado a las disposiciones de cada uno: “unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta” (ib).

Por eso Jesús, aun antes de explicar la parábola, recuerda a sus discípulos lo que decía Isaías de sus contemporáneos: “Esta embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos, para no entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure (ib 15). En verdad que hay que reflexionar y orar para que la gracia de Dios preserve a los creyentes de semejante endurecimiento. Por otra parte, es cierto: quien escucha con buena voluntad la palabra de Dios, reportará fruto y gozará de la felicidad proclamada por el Señor: “Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen” (ib 16).


“Salió el sembrador a sembrar. ¿De dónde saliste o cómo saliste, Señor, tú que estás en todas partes y lo llenas todo? No cambiando de lugar, sino tomando nuestra naturaleza y por una relación nueva con nosotros, haciéndote más cercano nuestro por haberte revestido de carne. Porque, como nosotros no podíamos entrar donde tú estabas, pues nuestros pecados amurallaban la entrada, saliste en busca nuestra. ¿Y a qué saliste?... Saliste a cultivar y cuidar esta tierra por ti mismo y a sembrar en ella la palabra de la piedad…

Señor, tú ofreces a todos tu palabra con mucha generosidad. Porque así como el sembrador no distingue la tierra que va pisando con sus pies, sino que arroja sencilla e indistintamente su semilla, así tú no distingues tampoco al pobre del rico, al sabio del ignorante, al tibio del fervoroso, al valiente del cobarde; a todos indistintamente te diriges.

Haz, Señor, que escuche yo con diligencia y piense constantemente tu enseñanza, y luego la ponga en práctica con valor, despreciando las riquezas y desprendiéndome de todo lo mundano… Que nos fortifiquemos por todas partes, atendiendo a tu palabra divina, echando profunda raíces y purificándonos de lo mundano” (San Juan Crisóstomo, Comentario sobre el Evangelio de San Mateo, 44, 3-4).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 15º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A



“La parábola del sembrador” (Mt. 13, 1-23)





sábado, 15 de julio de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Sentido humano y sobrenatural del trabajo




VIGÉSIMO QUINTO PROGRAMA DEL CICLO




"El trabajo es como una “vocación” o llamado que eleva al hombre a ser partícipe de la acción creadora de Dios. Es el medio que Dios ofrece al hombre para “someter” la tierra, descubrir sus secretos, transformarla, gozarla y de este modo, enriquecer su propia personalidad. Su modelo será Cristo, el Redentor del hombre, el cual, no habiendo desdeñado pasar una gran parte de su existencia en el taller de un artesano, rescató el esfuerzo y la dignidad del trabajo, transformándolo para siempre en instrumento de redención.

Es cierto que el mundo laboral presenta graves motivos de preocupación. Los conozco bien. Pero no es menos cierto que tales motivos no deben llevaros al derrotismo, a la pasividad, a la falta de esperanza. Nuestra fe católica nos da motivos suficientes para no desesperar jamás, por difícil y dura que pueda parecer cualquier situación.”


viernes, 14 de julio de 2017

PAPA FRANCISCO: “La catequesis no es un «trabajo», sino que se «es» catequista y toda la vida gira entorno a esta misión”



Mensaje del Santo Padre Francisco enviado al Simposio Internacional de Catequética, Buenos Aires, Argentina, del 11 al 14 de julio de 2017.



A continuación el texto de la misiva:


A Su Excelencia Mons. Ramón Alfredo Dus, Arzobispo de Resistencia,
Presidente de la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica
Vaticano, 5 de julio de 2017

Querido hermano:

Un cordial saludo a vos y a todos los que participarán en los diferentes encuentros de formación que ha organizado la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica.

San Francisco de Asís, cuando uno de sus seguidores le insistía para que le enseñara a predicar, le respondió de esta manera: «Hermano, [cuando visitamos a los enfermos, ayudamos a los niños y damos comida a los pobres] ya estamos predicando». En esta bella lección se encuentra encerrada la vocación y la tarea del catequista.

En primer lugar, la catequesis no es un «trabajo» o una tarea externa a la persona del catequista, sino que se «es» catequista y toda la vida gira entorno a esta misión. De hecho, «ser» catequista es una vocación de servicio en la Iglesia, lo que se ha recibido como don de parte del Señor debe a su vez transmitirse.

De aquí que el catequista deba volver constantemente a aquel primer anuncio o «kerygma» que es el don que le cambió la vida. Es el anuncio fundamental que debe resonar una y otra vez en la vida del cristiano, y más aún en aquel que está llamado a anunciar y enseñar la fe. «Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio» (Evangelii Gaudium, 165).

Este anuncio debe acompañar la fe que está ya presente en la religiosidad de nuestro pueblo. Es necesario hacerse cargo de todo el potencial de piedad y amor que encierra la religiosidad popular para que se transmitan no sólo los contenidos de la fe, sino para que también se cree una verdadera escuela de formación en la que se cultive el don de la fe que se ha recibido, a fin de que los actos y las palabras reflejen la gracia de ser discípulos de Jesús.

El catequista camina desde y con Cristo, no es una persona que parte de sus propias ideas y gustos, sino que se deja mirar por él, por esa mirada que hace arder el corazón. Cuanto más toma Jesús el centro de nuestra vida, tanto más nos hace salir de nosotros mismos, nos descentra y nos hace ser próximos a los otros.

Ese dinamismo del amor es como el movimiento del corazón: «sístole y diástole»; se concentra para encontrarse con el Señor e inmediatamente se abre, saliendo de sí por amor, para dar testimonio de Jesús y hablar de Jesús, predicar a Jesús.

El ejemplo nos lo da él mismo: se retiraba para rezar al Padre e inmediatamente salía al encuentro de los hambrientos y sedientos de Dios, para sanarlos y salvarlos. De aquí nace la importancia de la catequesis «mistagógica» que es el encuentro constante con la Palabra y con los sacramentos y no algo meramente ocasional previo a la celebración de los sacramentos de iniciación cristiana. La vida cristiana es un proceso de crecimiento y de integración de todas las dimensiones de la persona en un camino comunitario de escucha y de respuesta (cf. Evangelii Gaudium, 166).

El catequista es además creativo; busca diferentes medios y formas para anunciar a Cristo. Es bello creer en Jesús, porque él es «el camino, y la verdad y la vida» (Jn 14, 6) que colma nuestra existencia de gozo y de alegría. Esta búsqueda de dar a conocer a Jesús como suma belleza nos lleva a encontrar nuevos signos y formas para la transmisión de la fe.

Los medios pueden ser diferentes pero lo importante es tener presente el estilo de Jesús, que se adaptaba a las personas que tenía ante él para hacerles cercano el amor de Dios. Hay que saber «cambiar», adaptarse, para hacer el mensaje más cercano, aun cuando es siempre el mismo, porque Dios no cambia sino que renueva todas las cosas en él. En la búsqueda creativa de dar a conocer a Jesús no debemos sentir miedo porque él nos precede en esa tarea. Él ya está en el hombre de hoy, y allí nos espera.

Queridos catequistas, les doy las gracias por lo que hacen, pero sobre todo porque caminan con el Pueblo de Dios. Los animo a que sean alegres mensajeros, custodios del bien y la belleza que resplandecen en la vida fiel del discípulo misionero.

Que Jesús los bendiga y la Virgen santa, verdadera «educadora de la fe», los cuide.

Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

Francisco.

miércoles, 12 de julio de 2017

IGLESIA HOY: El Papa introduce el dar la vida por el prójimo como nuevo motivo para las beatificaciones

El papa Francisco introdujo este martes 11 de julio a través del motu proprio Maiorem hac dilectionem que el ofrecimiento de la propia vida por el prójimo y amor a Jesús, es una nueva causa para abrir el proceso de beatificación de una persona.

En el documento se explica que a partir de ahora se podrá abrir un proceso de beatificación para aquellos que "con la intención de seguir al Señor, impulsados por la caridad, han ofrecido heroicamente su propia vida por el prójimo, aceptando libre y voluntariamente una muerte cierta y prematura".

Asimismo, se recuerda que en la actualidad para abrir un proceso de beatificación existían tres causas posibles: el martirio, asesinato por odio a la fe; la declaración de virtudes heroicas y las causas excepcionales.

Ahora, el Papa introdujo una cuarta causa llama de “la oferta de la vida”, y precisó que para que sea válida tiene que tratar de “la aceptación ‘propter caritatem’ (para la caridad) de una muerte segura y a corto plazo". También deben probarse las virtudes cristianas y la “existencia de la fama de santidad, al menos tras la muerte".

Se requiere, además, la comprobación de un milagro por su intercesión del candidato realizado tras su muerte. Sólo en el caso del martirio no es necesario este paso.

"Es cierto que el heroico ofrecimiento de la vida, sugerido y sostenido por la caridad, expresa una verdadera, plena y ejemplar imitación de Cristo y, por lo tanto, es merecedor de aquella admiración que la comunidad de los fieles suele reservar a aquellos que voluntariamente han aceptado el martirio de sangre o han ejercido en grado heroico las virtudes cristianas", sostiene el documento pontificio.

Por sugerencia del Papa, la Congregación para las Causas de los Santos estudió si estos cristianos merecen la beatificación en la sesión plenaria del 27 de septiembre de 2016 y dio su parecer favorable.

domingo, 9 de julio de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”


14º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 11, 25-30


En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

»Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

Palabra del Señor.




Queridos amigos y hermanos del blog: hoy tenemos en el Evangelio uno de los pasajes más preciosos... y tal vez uno de los menos aprovechados: es aquella oración en que Jesús clamaba así al Padre Celestial: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!  Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.” (Mt. 11, 25)

Sí, al Padre le ha parecido mejor esconder las cosas de su Reino -esconder su Sabiduría- a los sabios, a los cultos, a los racionalistas, a los que no creen en nada que no sea comprobable, a los que necesitan “ver para creer”.  Y, por el contrario, sí se las ha revelado a la gente sencilla, a los que creen no saber mucho o tal vez no saber nada, a los que están prestos a ser enseñados por el Espíritu Santo, a los que saben que nada saben que no les venga de Dios, a los que saben que nada son ante Dios.   A ésos sí les revela el Padre sus secretos.

Conocida esta oración del Señor, no sorprende, entonces, que San Pablo, dirigiéndose a los griegos, quienes se dedicaban con mucho ahínco a la búsqueda del saber humano, les dijera esto: “Si entre vosotros alguno se considera sabio, según los criterios de este mundo, considérese que no sabe, y llegará a ser verdadero sabio.  Pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios” (1 Cor. 3,18-20).  Luego pasa a citar frases del Antiguo Testamento: “Dios atrapa a los sabios en su propia sabiduría... El Señor conoce las razones de los sabios, y sabe que no valen nada” (Job 5, 13 y Sal. 94, 11).

¡Qué distinto ve Dios las cosas a como las vemos nosotros los humanos!  Si alguno quiere ser  verdadero sabio, que se reconozca incapaz de saber y de conocer por sí solo, que se reconozca insuficiente, que sepa que nada puede por su cuenta, porque ... querámoslo reconocer o no ... nada puede el hombre por sí solo.  En esto consiste la “pobreza de espíritu”.  Sólo los sencillos, los “pobres de espíritu” podrán conocer la verdadera “Sabiduría” -aquélla que viene de Dios.

Y ¿en qué consiste la verdadera Sabiduría?  En poder ver las cosas a los ojos de Dios, en poder ver las cosas como Dios las ve, en poder ver nuestro pasado, presente y futuro como Dios lo ve, en poder ver los acontecimientos a nuestro alrededor como Dios los ve.

Aunque no forman parte de las Lecturas de este Domingo, para mejor entender esta oración de Jesús, vale la pena repasar el 1o. y el 2o. Capítulo de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios.  Al leer a partir de 1 Cor. 1, 17 hasta 2, 15,  puede entenderse mejor la discrepancia, que -por cierto- no es mera diferencia, entre “saber humano” y “Sabiduría Divina”.

El “saber” humano logrado con el raciocinio, va en sentido contrario  de la “Sabiduría” que viene de Dios.  En estos Capítulos, San Pablo echa mano de algunos pasajes del Antiguo Testamento para descalificar el saber humano y realzar la “locura” de la humildad, de la debilidad, para realzar la “locura de la cruz”: todo un Dios, que es la Sabiduría perfecta se rebaja hasta morir aparentemente fracasado en una cruz.

Es la descripción de Dios que leemos en la Primera Lectura tomada del Profeta Zacarías (Za. 9, 9-10).   Un Dios, que siendo Rey, “viene humilde y montado en un burrito”.   Y con esa humildad -continúa el Profeta Zacarías- “hará desaparecer los carros de guerra y los caballos de combate... y su Poder se extenderá de mar a mar y hasta los últimos rincones de la tierra”.  

Ese Dios humilde, que desea nuestra humildad y nuestra pequeñez, destruirá a los fuertes y poderosos que creen no necesitar a Dios porque creen bastarse a sí mismos.  Si el Evangelio y las citas de San Pablo nos oponen el saber humano a la Sabiduría Divina, esta lectura del Profeta Zacarías opone el poder divino a la pretendida fortaleza humana.

A esto precisamente se refiere el Evangelio de hoy al continuar así:  “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11, 26-27). Y ¿a quién quiere revelarse Dios?  ¿A quién quiere revelar Dios sus secretos?   No a los sabios, a los cultos, a los racionalistas.  No.  Dios se revela a los sencillos: a los que saben que no saben, a los que no necesitan pruebas, a los que se abren a las enseñanzas del Espíritu Santo.

Por eso nos dice San Pablo en la Segunda Lectura de hoy: “Vosotros no vivís conforme al desorden egoísta del hombre, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes.  Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”  (Rm. 8, 9-13).  

Pero debemos tener en cuenta de que para ser de Cristo no basta haber recibido su Espíritu en el Bautismo.  Es necesario hacer crecer la Vida del Espíritu de Dios en nosotros, para poder actuar de acuerdo a ese Espíritu que nos inunda de Sabiduría Divina, y dejar así de seguir actuando de acuerdo a la sabiduría del mundo.

La Santísima Virgen María, modelo de humildad y de esa Sabiduría que viene de Dios, sabe que nada puede por sí sola.  Por ello reconoce que, no ella, sino Dios, el Poderoso, “ha hecho grandes cosas”  en ella. (Lc.1,49)

Pequeñez.  Sencillez.  Humildad.  Virtudes evangélicas necesarísimas, que nos llevan a ser pobres en el espíritu.  Pero ¡qué lejanas están estas virtudes de lo que nuestro mundo actual -tan distinto de Dios- nos propone!

1) Ante la  pequeñez espiritual del Evangelio, se nos propone el engrandecimiento del propio yo.

2) Ante la sencillez del Evangelio, se nos proponen los racionalismos estériles.

3) Ante la humildad del Evangelio, se nos propone la soberbia de lograr cualquier cosa con tan sólo proponérnosla.

4) Ante la pobreza en el espíritu del Evangelio se nos propone la auto-suficiencia y el engreimiento del ser humano.

Pero las proposiciones contenidas en la Palabra de Dios son para todos los tiempos.  Y ésta nos aconseja reconocernos incapaces ante el Todopoderoso... para poder llegar a ser sabios.  Hacernos pequeños -necesitados como los niños... para que Dios pueda crecer en nosotros.  Hacernos humildes... reconocernos que no somos nada ante Dios... para poder ser engrandecidos por El.

Sólo así, podremos salirnos del grupo de los “sabios y entendidos”,  a quienes le quedan escondidos los secretos de Dios y podremos, entonces, ser contados entre la “gente sencilla”  a quienes el Padre revela sus secretos, los secretos de su Sabiduría.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 14º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


“El Evangelio revelado a los sencillos” (Mt. 11, 25-30)